Desde hace tiempo, Nory (mi amiga cubana) y yo habíamos planeado hornear galletas de chocolate para vender en la oficina, juntar dinero e irnos juntas a Cuba. Por una u otra razón no lo habíamos hecho (principalmente porque somos bien sociables y tenemos muchas actividades), pero esta semana juntamos fuerzas de voluntad y nos reunimos.
Aprovechando que estábamos de chefs preparamos estos casquitos de guayaba cubanos que -perdonen mi francés, pero no hay otra forma de decirlo- no tienen madre. Me gustaron tanto que estoy pensando seriamente en cambiar el nombre de este blog a "De casquitos de guayaba y otras delicias". Ya no puedo aguantar para ir a Cuba :)
Ingredientes
2 kilos de guayabas Azúcar morena Canela recién molida Agua pura Queso doble crema (si es del mercadito, mejor) Anís (opcional) Preparación
Lava las guayabas, córtales el rabo y pélalas. Quítales la pulpa hasta que queden huecas (o pídele a una cubana que lo haga por ti, lo hacen mucho mejor). Colócalas al fuego con la llama baja; cúbrelas con agua y añade dos tazas de azúcar, la canela y el anís. Deja que cueza sin tapa durante aproximadamente una hora y media, hasta que se forme un almíbar, las guayabas estén blandas y la cocina se haya inundado con un olor delicioso. Sirve en un plato hondo con el almíbar y acompaña con un trozo de queso.
Hace un par de años mi papá tuvo una novia coreana, H. Él le compró un libro con recetas de galletas, el mejor que he visto. Se veían tan ricas que me animé a hacerlas por primera vez (*suspiro*). Quedaban muchas recetas por preparar cuando lo inevitable sucedió: H se fue y, entre otras cosas, se llevó el libro. ¡Maldita! Lo busqué en cuanta librería se me atravesó y me decían que estaba agotado. Así que puse a trabajar mi memoria y me acordé: 2 tazas de harina, 1 huevo, sal... Poco a poco la fui reconstruyendo e incluso mejorando. Esta versión la adapté para no usar azúcar, por eso de que no me gustan los postres tan dulces y de que intento comer sano.
Otra cosa: estas galletas me han ayudado a superar días difíciles de fin de quincena; las llevo a la oficina y las vendo como pan caliente. Ahí por si lo quieren intentar.
Ingredientes
2 tazas de harina integral
1/2 cucharadita de polvo para hornear
1/4 cucharadita de bicarbonato de sodio
1/4 cucharadita de sal
1/2 taza de cocoa en polvo sin azúcar (yo uso Hershey's)
140 gramos de mantequilla ablandada
1 taza de miel de maguey (si quieren usar azúcar mascabado, usen media taza menos de harina)
1 huevo
1 chorrito de vainilla líquida
Chispas de chocolate, nueces, almendras picadas... lo que se les ocurra.
Preparación
Pasa la harina, los polvos, la sal y cocoa por un colador. Mezcla bien. En otro recipiente, bate la mantequilla con una palita de hule hasta que se acreme y tome un color amarillo pálido. Añade la miel, el huevo y la vainilla y revuelve. Mezcla con la harina, añade las chispas y nueces. La masa tiene que quedar firme y no pegarse a las manos; si esto pasa, añade más harina. Haz una bola y mójate las palmas de las manos; toma pedazos de masa y forma bolitas de aproximadamente 5 centímetros de diámetro. Colócalas sobre una charola engrasada con unos 5 centímetros de separación entre ellas. No las aplastes, solitas se expandirán. Hornea por 20-25 minutos a 160 grados centígrados, o hasta que cuando las toques con el dedo, se hundan y vuelvan a inflar como una esponja. No las dejes demasiado tiempo o se endurecerán. Sácalas del horno y déjalas enfriar sobre una rejilla.
Les dejo un video de las Au Revoir Simone haciendo galletitas para que se motiven:
Las gelatinas siempre me han dado flojera. Son etéreas, insustanciales, abstractas (y ya me estoy pareciendo a Miguel, el exnovio de Pola que sufre de una rara enfermedad llamada filofilia). Sólo a una gelatina le permito entrar en mi estómago: la de cajeta, y no cualquiera, sino sólo la que hace mi mamá. Les comparto la receta por si algún día quieren, no sé, sorprenderme o algo.
Pueden adaptarla para hacer una versión saludable. Les recomiendo usar cajeta orgánica (la de Aires de Campo es buenísima) y hacer su propia leche condensada.
Ingredientes
3 tazas de agua
1 taza de leche condensada
1 1/2 tazas de cajeta
3 yemas de huevo batidas
4 sobres/cucharadas de gelatina sin sabor
1 lata de media crema
Preparación
En un cazo, pon al fuego las 3 tazas de agua con la leche condensada y la cajeta. Revuelve bien; antes de que hierva, incorpora 3 yemas batidas y sigue removiendo. Disuelve la gelatina sin sabor en una taza de agua fría y luego derrite en el microondas; agrega a la mezcla anterior y revuelve bien. Por último, agrega la media crema, cuela y refrigera hasta que cuaje.
Hoy fue un día gris en más de un sentido. Llovió mucho,
estoy cansada y tenemos nuevo presidente. Aunque podría volverme emo, ver una
comedia de Sacha Baron Cohen o comerme un litro de helado de chocolate,
prefiero desahogar mis penas en la cocina y escribiendo en este blog.
A principios de junio viajé a Guatemala; conozco bien la ciudad
porque ahí nació mi mamá y la he visitado varias veces desde niña. Lo que más
me ha gustado siempre de esta tierra (además de sus enormes tiendas donde los
chinos venden ropa a precio de maquila) es su comida… y sus paisajes, el color
de la ropa de las mujeres indígenas y estar con mi familia.
Hace más de cinco años que no iba a Guate, desde que murió
mi abuelita. Esta vez, fuimos a lugares nuevos que nadie debería dejar de
conocer: uno de ellos es Panajachel, un hermoso pueblito a la orilla del lago
Atitlán, a su vez resguardado por dos imponentes volcanes. Ahí se venden
artesanías, libros usados y muchos, muchos chocolates. En una esquina, descubrí
una tiendita donde una señora vendía chocolates artesanales con cardamomo,
naranja, clavo, chile y macadamia. Creo que ése se ha convertido en mi lugar favorito del mundo mundial.
En fin, para no hacerles el cuento largo, en Antigua compré
nueces de macadamia y nueces de la india (allá las llaman “nuez marañón” porque
son parte del marañón, una fruta que aquí casi ni conocemos). Así que de
regreso aproveché un rato de ocio (ay, cómo extraño los ratos de ocio…) y me
puse a cocinar con lo que había traído.
Ingredientes
3 peras o manzanas (las manzanas son más dulces, las peras
son de sabor más sutil)
Una taza de azúcar mascabado
Vainilla líquida
¾ de taza de nueces de macadamia picadas finamente
1 barra de mantequilla
Una barra de chocolate oscuro (el mío tenía naranja)
Una taza de harina
Preparación
Cortamos las manzanas o peras en cuadritos y las ponemos en
un cazo a fuego bajo con un poco de azúcar (aproximadamente 1/3 de la taza) y
un chorrito de vainilla. Dejamos que se ablande, se entibie y colocamos sobre
un molde redondo.
Para hacer el crumble, mezclamos la harina con la
mantequilla ablandada hasta hacer una pasta con muchos grumos. Añadimos el
azúcar, una pizca de sal marina triturada y las nueces en trozos. Desmenuzamos
encima de la mezcla de peras o manzanas hasta cubrir por completo. Para terminar,
colocamos trozos del chocolate por encima y metemos en el horno por unos 20
minutos.
Mientras leen mi sermón, pueden escuchar la linda canción que les dejé al final.
La lavanda me remite a tranquilidad, sosiego, tiempo para estar
conmigo misma… todo lo que en los últimos meses no he tenido. Vivo una paradoja
(y sé que no soy la única): trabajo y estudio para ser libre, para no depender
de una mano ajena que me alimente, pero paso mis días frente entre cuatro
paredes, frente a un monitor. No me tomen a mal, no me quejo de tener trabajo,
sino todo lo contrario.
Una de las
actividades que más extraño desde que me convertí en Godínez es cocinar. Sí
cocino, a veces, pero en las noches, cansada y con prisa. Antes pasaba tardes
enteras cocinando con Marluz, platicando, experimentando con sabores y
escuchando música de los Beatles. Pero
no me preocupo: esos días volverán cuando por fin vivamos en nuestra comuna
hippie, orgánica y autosustentable.
Mi ñoñez me dice que la cocina debería ser una actividad
terapéutica, energizante, revolucionaria… una actividad que implique los cinco
sentidos y que nos permita desarrollarlos; una relación comunitaria que se
exprese en la compra de ingredientes locales, la preparación de alimentos en
compañía de otros y su disfrute en colectivo. Si no es así, cocinar para mí pierde todo su sentido.
Cuando mi querida Pola me regaló una planta de lavanda, me
puse a imaginar qué podría hacer con ella. Galletas, una nieve, un pastel… la
verdad es que lo de menos era encontrar qué hacer con esta flor; me emocionaba
sobre todo planear, buscar los ingredientes, cocinar y compartir el resultado.
Comparto depa con una roomie, quien por cierto está de viaje, y no tengo nadie a quien
darle a probar mi experimento (suena en mi inconsciente la voz de mi hermana
que se ríe mientras murmura “Forever Alone”). Vengan a visitarme, vivo cerca.
Ingredientes
2 tazas de leche entera
1 cucharadita de vainilla natural
1 cucharada de flores de lavanda frescas
¾ taza de miel
de abeja
3 yemas de huevo
Una taza de nata líquida
(Ustedes perdonen que no utilice medidas exactas, como
mililitros y esas cosas, pero dejé mi taza medidora en casa de mi mamá e hice
la receta con viles tazas de té)
Preparación
Lo primero que tenemos que hacer es preparar una infusión de
leche con lavanda. Colocamos la leche en una olla pequeña, la calentamos y,
cuando esté a punto de hervir, agregamos las flores de lavanda previamente
lavadas y la vainilla líquida. Es importante no perder de vista la leche, pues
si hierve se separarán las proteínas de la grasa y tendremos como resultado una
mezcla nada agradable a la vista. Dejamos la infusión de lavanda unos 10
minutos y probamos. Si el sabor aún no nos convence, podemos dejar unos minutos
más. Cuando nos guste y nos sepa a lavanda, entonces podemos quitar las flores.
Por otro lado, batimos ligeramente los huevos y añadimos la
miel, revolvemos. Cuando la infusión de leche y lavanda esté fría, añadimos
lentamente a la mezcla de miel y seguimos revolviendo. Colocamos nuevamente en
la olla y calentamos a fuego medio hasta que espesa un poco.
Yo no encontré nata líquida; encontré de la espesa, así que
la metí unos segundos en el microondas. Ya que la mezcla de la olla está a
temperatura ambiente, mezclamos con la nata hasta obtener una pasta homogénea.
Colocamos sobre un refractario y metemos al congelador.
Si son cocineros nocturnos como yo, entonces nos vamos a la
cama, contamos borregos e intentamos dormir. Al día siguiente, sacamos la nieve
del congelador, dejamos unos minutos para que se derrita un poco y batimos.
Volvemos a meter al congelador un par de horas y sacamos unos minutos antes de
servir. Yo la decoré con un par de moras azules.
Como comprobarán si la hacen, esta nieve tiene un sabor muy
sutil, ligeramente perfumado y que no se asemeja a ningún otro. Si se les ocurre
alguna variación, les pido sean tan amables de compartirla conmigo. ¡Larga vida al helado!
Mis amigas bloggers hicieron sus propias creaciones con lavanda: unas cocinaron recetas, otras elaboraron manualidades, otras dieron rienda suelta a su imaginación y escribieron historias... Aquí las pueden visitar: